21 may. 2017

Vieja Chivi - Nueva Chivi

Lamento inmensamente haber borrado todos los posts anteriores de este blog.
Básicamente porque ni yo recuerdo demasiado cómo era hace tantos años, sobre qué escribía, qué elegía contar.
Recuerdo que empecé por el principio. Con la ausencia de mi padre, con mis problemas con mi madre, mi relación con mi abuela, hasta llegar a Martín, quien creí mi salvador del infierno, y el amor de mi vida...
Luego supongo habré escrito sobre mi vida en el medio de la nada. En este pueblo sin demasiadas posibilidades en el que estoy hace ya 7 años.
Me recuerdo triste, sin rumbo, aferrada a alguien que hoy sé que me iba a soltar y tan ciega como para no haberlo intuído. Con tantísima necesidad de confiar, de tener de quien depender.

Cuando quedé embarazada me mudé al otro blog, que por suerte conservo y me ayuda un poco para reconstruirme, es como si me hubiese caído un piano en la cabeza provocando una amnesia selectiva. Poco recuerdo de mi vida pasada. Se que no era feliz, pero creía que estaba viviendo algo que se parecía a la felicidad.
Aún no se qué era lo que me daba esa sensación de comodidad y aparente tranquilidad pero me sirvió en esa etapa de mi vida.
Antes de que mi hija cumpliera un año, Martín demostró que era una especie de reptiliano. Como un monstruo negro de brea cubierto por piel de humano. Y estuve ocho años con ese monstruo.
Y viví 7 años junto a él, y creí que era el amor de mi vida, y soñé que sea el padre de mis hijos.
Y nunca sospeché, o mejor dicho, nunca quise escucharme, jamás imaginé quién era.

Luego de que nació mi hija empezó a cambiar, no lo culpo. Yo cambié también, pero a él el cambio lo llevó a una cama ajena, en una casa ajena.

Estuve dos años tratando de superarlo, llorando, sufriendo, hiriéndome a mi misma y caminando sin un puto rumbo. Respirando sólo porque mi cuerpo lo hacía, no suicidándome sólo porque tenía una hija...

Toqué fondo. La tenencia casi compartida me permitía hacer cualquier cosa en mis días de soledad, en los días en que mi hija se iba con su padre, ya no mi marido, ya no mi amor; sino el amor de otra.
Todos los días, a toda hora pensaba en ellos dos siendo felices, pensaba en mi infelicidad, en mi soledad, en mi nuevo abandono, en mis fracasos de toda la vida.

Me costó mucho, todo ese tiempo y muchas cosas más. Pero aprendí a valorarme, comprendí, que no me merece (que nunca me mereció), y que soy mucho más que aquella quien creía ser.

Hoy ya no trabajo en relación de dependencia. Ya no vivo con una relación de dependencia.
Hoy soy,  felizmente independiente en todo sentido.
Y esto que cuesta un poco en el día a día; lucharla económicamente, arreglármelas sola para tener siempre lo mejor para mi y mi hija, etc. es el detalle que me hace feliz.

Tuve la suerte de conocer a muchas personas que intentaron ayudarme en esta, la mayor crisis de mi vida. Sólo a algunas les di el lugar de hacerlo, y luego de sanar, pude elegir desde el amor, un compañero que por suerte, me eligió a mi también. El amor, hoy para mi es menos idílico y más terrenal, menos "para siempre" y más "Hoy".

"Te quiero para siempre, porque siempre es hoy"

Hoy entonces, puedo agradecer el equilibrio que encontré y que trabajo día a día para se prolongue.
Así que,

Gracias.


20 may. 2017

Estoy acá

En tiempos plagados de mensajes motivacionales, creo que es común sentirse obligado a ser exitoso, a “creérsela” .
Sin embargo, creérsela no es tan fácil, y aunque creas que ya te la crees, probablemente aún estés en pañales.
Te piden que sueñes, que si soñás en grande y con todo tu corazón, los sueños se cumplen.
Sin embargo, yo creo que va más allá del tamaño de los sueños, o el órgano del cuerpo con el que se sueñe. Últimamente me estoy convenciendo de que las cosas suceden cuando nosotros lo permitimos.
Y esto más allá de ser otra frase armada más, consta en la confianza que nos tenemos.
Durante toda mi vida soñé miles de cosas. Las soñé, las planeé, y las deseé desde lo más profundo de mis entrañas.
Nunca, hasta mis 30 años actuales, sucedió la magia. Y en mis 30 años actuales me doy cuenta, de que en realidad, la magia estaba a “un click de distancia”.
Un click mental, claro.